Miles de años separan las imágenes esculpidas en basalto negro de la diosa Isis amamantando a su hijo Horus de las de una mujer de nuestros días lactando. El gesto las puede igualar y la consideración social diferenciar: en el antiguo Egipto era altamente estimada la crianza al pecho de los propios hijos y desde la más humilde mujer hasta la más alta princesa amamantaba a sus hijos.
Mucho antes, antes incluso de los albores de la humanidad y hasta casi 1900 todos los niños eran alimentados con leche de mujer, ya que los intentos que se habían hecho de hacerlo con leches de otros mamíferos habían acabado tarde o temprano con la vida de los lactantes debido a la diferente distribución porcentual de los componentes orgánicos e inorgánicos de las mismas. Muy probablemente el mito de Rómulo y Remo no sea mas que eso: un mito.
“Con leche de mujer”, no de su madre, pues desde tiempos muy antiguos ha existido el fenómeno de la lactancia mercenaria: por diversas consideraciones sociales económicas y sexuales, en la mayoría de civilizaciones conocidas han existido con mejor o peor aceptación social las nodrizas. En terrible contraste con los pintores pre-renacentistas y renacentistas repitiendo incansablemente el tema de la “Madonna de latte” (Virgen de leche), la mayoría de niños europeos de clase alta no eran alimentados por sus madres, sino por amas de cría, situación que persistió hasta bien entrado el siglo XX y que ha sido particularmente relevante en Francia, donde alcanzó a casi todos los estratos sociales y llegó a estar regulada por los poderes públicos.
En torno al inicio del siglo XX se inicia el mayor experimento a gran escala en una especie animal y sin comprobaciones previas de los posibles resultados: a la especie humana se le cambia su forma de alimentación inicial: centenares de miles de niños pasan a ser alimentados con leche modificada de una especia distinta. Las consecuencias, que no se previeron, han sido desastrosas en el mundo expoliado (miles de muertos por infecciones y desnutrición) y muy graves y posiblemente no del todo conocidas en las zonas enriquecidas de la tierra (aumento de enfermedades infecciosas e inmunitarias, de consultas médicas y de hospitalizaciones).
Y nos encontramos con un grave problema, pues aún queriendo y con más conocimientos, no es fácil enmendar el yerro producido: en efecto, mas de una generación de mujeres no han amamantado a sus hijos, interrumpiéndose la transmisión de conocimientos intergeneracional, perdiéndose una cultura.
Si todo en lactancia fuese instinto, no habría mayor problema, pero en la lactancia hay un componente instintivo, fundamentalmente de la parte del recién nacido (reflejos de búsqueda y succión-deglución), junto a unos reflejos sumamente eficaces en la madre: la estimulación del pezón provoca aumento de las hormonas prolactina y oxitocina, junto a un importante componente cultural transmitido: la técnica o arte femenino de amamantar, transmitido sabiamente de madres a hijas y que formaba parte del acervo cultural de la humanidad, sin que los sanitarios tuviésemos que intervenir en ello. Pues bien, eso es lo que se ha perdido: la cultura del amamantamiento, de la crianza natural y, posiblemente, el vínculo afectivo natural entre madres e hijos .
En esa pérdida intervienen fundamentalmente tres componentes:
Veámoslos en detalle:
1.- Hasta fines del siglo XIX poco se sabía de la composición de la leche y de sus diferencias con las de otros mamíferos. Se conocen desde la antigüedad recipientes en forma de biberón que hablan de los intentos de alimentación de niños con leches de animales, pero no es hasta finales de 1800 en que el progreso de las ciencias, de la química en concreto, hizo que se empezasen a realizar modificaciones aceptables de la leche de vaca: hasta entonces la mortalidad de niños alimentados con leches distintas a la de mujer era altísima (de orden superior al 90% en el primer año de vida)
2.- Diversos cambios sociológicos ocurridos en la era moderna de la sociedad industrial a los largo de los siglos XIX y XX, entre ellos:
3.- Nada de lo anterior habría provocado el desastre si, desde hace millones de años, la especie a la que pertenecemos (homínidos) no hubiese comenzado a basar su triunfo adaptativo en una sutil y lenta modificación evolutiva de su cadera que le conduciría de la condición de cuadrúpedo a la bipedestración, con liberación de sus patas anteriores: lo que en términos adaptativos globales supone una mejora para la supervivencia de los homínidos, hace que el parto, de poca distocia en los primates, necesite asistencia en los humanos, convirtiéndolo en una actividad social más que en un comportamiento solitario. Esa asistencia, a lo largo del último siglo y según países, se viene prestando en hospitales coincidiendo con la implantación de la maternidad científica y el predominio de alimentación artificial: una serie de rutinas erróneas han sido difundidas por nosotros los sanitarios y, la mayor parte de ellas, contribuyen a dificultar enormemente la lactancia materna.
Hoy día, sobre todo en los países ricos, no podemos invocar ni el feminismo, ni el trabajo asalariado de la mujer, ni la presión de los fabricantes como excusa para aumentar la prevalencia de la lactancia. Por otra parte, tras los desastres causados por empleo perverso de la ciencia, lo artificial es denostado en beneficio de lo natural. Así, la O.M.S. reconoce que el mayor y casi único impedimento para volver a recuperar los anteriores índices de lactancia natural somos los sanitarios con nuestro desinterés, falta de conocimientos y difusión empecinada de rutinas o pautas de alimentación que nada tienen de validez científica.
Hasta que las mujeres recuperen una cultura pérdida, y sigan dando a luz en los hospitales y fiándose de nosotros, los sanitarios tenemos la obligación de actualizar nuestros conocimientos teóricos y prácticos para que todos trasmitamos una información validada y coherente a las madres que quieren amamantar a sus hijos, para que puedan hacerlo el primer medio año de forma exclusiva y como complemento el tiempo que ambos, madre e hijo, deseen.
CONCLUSIÓN
Desde los albores de la humanidad y hasta el presente siglo la lactancia materna ha constituido la forma de alimentación exclusiva de nuestros pequeños, hasta bien entrado el segundo año de vida, asegurando la supervivencia de nuestra especie.
Desde hace unos 140 años, el conocimiento de sus componentes y muchos avances técnicos han permitido modificar la composición de la leche de otros mamíferos, haciéndola semejante a la leche humana, permitiendo alimentar a bebés humanos con estos sucedáneos sin que, en principio, se advirtiesen consecuencias negativas.
En los últimos 50 años, la presión de empresas multinacionales de alimentación infantil, junto a un malentendido “espíritu de modernidad”, una falta de información válida, cierta negligencia de la clase sanitaria y el desinterés de las autoridades sanitarias, han permitido que se haya llevado a cabo el mayor experimento sin comprobaciones previas en toda una especie animal, la humana, cambiándosele el tipo de alimentación sin saber qué consecuencias podría acarrear.
Hace 30 años la Organización Mundial de la Salud (OMS) lanzó la primera señal de alarma: la alimentación con leches artificiales estaba matando a miles de niños en países en vías de desarrollo: estos niños fallecían por infecciones al no disponer de las defensas que les hubiese aportado la leche de sus madres y por contaminación del agua de los biberones, y de desnutrición al diluir sus madres excesivamente el polvo blanco, demasiado caro para sus economías. Por ello se prohibió a estas empresas hacer publicidad de sus productos en estos países.
Pero ¿y en nuestro mundo civilizado y desarrollado?: Desde hace 20 años la OMS intenta recuperar la lactancia materna también en países desarrollados, ya que se ha observado que los niños alimentados con leche artificial padecen más infecciones y más graves, consultan más a los médicos, ingresan más en hospitales, producen mayor gasto sanitario, pueden tener más enfermedades en la vida adulta y las mujeres que no han amamantado a sus hijos están más desprotegidas frente a enfermedades graves en el futuro. Por otra parte cada vez se le da más importancia a las consecuencias psicológicas e intelectuales dependientes del vínculo afectivo que se establece entre madre e hijo en el acto de la lactancia.
En estos 50 últimos años de “furor biberonil” más de una generación de mujeres (y hombres) ha olvidado los modos, maneras y técnicas de la lactancia materna, perdiéndose el adiestramiento natural de la especie trasmitido de madres a hijas que permitía que amamantar fuese un acto natural. Y lo que es peor, los sanitarios no sólo lo hemos olvidado sino que lo hemos deformado y confundido, llegando a ser incapaces de ayudar a madres que quieren lactar a sus hijos. Con frecuencia incluso les hemos dado erróneos consejos que han acabado en experiencias frustrantes para las madres. Todo ello, por supuesto sin mala voluntad, pero es que sólo hay algo peor que la ignorancia: creer saber lo que no se sabe y dar consejos con autoridad manifiesta.
Los sanitarios, especialmente todos los que tratamos a diario con madres y niños, debemos hacer un esfuerzo de humildad, reconocer lo que no sabemos y aprenderlo, ya que tenemos la responsabilidad de informar, orientar, aconsejar y ayudar a aquellas mujeres que libremente (es decir, debidamente informadas) han elegido para sus hijos lo mejor: el producto y el calor de su pecho.
José María Paricio Talayero, Jefe de Servicio de Pediatría
Comité de Lactancia Materna de la Asociación Española de Pediatría
Hospital Marina Alta. Denia, Alicante (Hospital amigo de los niños OMS/UNICEF-1999)
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